“Los llamó para que estuvieran con él; y los envió a predicar” (Mc 3,14)

Pbro. Dante De Sanzzi

Sabemos que todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos misioneros, a partir precisamente del sacramento recibido que nos configura con Cristo y nos sella para siempre como cristianos.

Se habla bastante aunque no lo suficiente sobre como se debe seguir a Jesús, estar con él, vivir con él. En verdad, seguir a Jesús y estar en su sintonía es estar dispuesto al movimiento.

Seguimiento es sinónimo de movilidad. Dios es la seguridad en el camino que emprendemos en la misión. Podemos tomar como ejemplo el pueblo de Israel, elegido por Dios para manifestarse al mundo. Pueblo nómade, de varias tribus, siempre en movimiento. Pueblo que recibió una promesa y que no estaba quieto en un lugar: había que trasladarse. Sus tiendas, sus familias, sus animales, sus pertenencias; es decir, no se estaba estancado en un sitio. Abraham había recibido este encargo (Gn 12,1)

Dios libera a su pueblo. Les da seguridad y protección y los invitaba a andar. Seguir a Dios es pertenecerle. Y para pertenecerle se debe querer estar donde está Dios. Vemos que en el Antiguo Testamento, seguir es “entregarse”, “comprometerse”, “andar”.

El “seguir” en el Nuevo Testamento aparece como unas 90 veces en los Evangelios. Es comprometerse con Jesús, aceptar su llamada, ayudar a construir el Reino, entregar la vida.

Ya en el Evangelio de Marcos, en su primer capítulo leemos sobre el primer llamado de Jesús. Luego del arresto de Juan Bautista se va dando el paso a llamar, a seguirlo a él.

Jesús llamó gente distinta. No hacía acepción de personas. Los primeros fueron las parejas de hermanos: Andrés y Pedro, Santiago y Juan; luego se amplía la lista a Doce (Mc 3). Son los llamados a estar con él y trabajar a la par, juntos.

Pero aunque la visión que daba el Señor no era la mejor en su tiempo y para varias personas, no tenía problema en ampliar el número de elegidos. Llamó gente de distinta clase: impuros, mal vistos, despreciados, enfermos. Todos están en condiciones de seguirlo.

La clave del mensaje de Jesús llamando a seguirlo, a estar con él, es para edificar un mundo mejor. Asumir lo que el mismo Jesús hacía y enseñaba. Predicar una Buena Noticia, alejar el mal, experimentar y mostrar la misericordia de Dios.

Servir a otros, ser pescadores de hombres. Jesús no busca que lo sirvan a él sino a los demás . Eso es ser su servidor y misionero.

Varias cosas ponen en peligro el seguimiento de Jesús: las riquezas, el abuso de poder, la falta de coraje, el egoísmo, la inmovilidad, y tantas otras causas que entran dentro de las tentaciones que nos alejan y no nos permiten escuchar la llamada.

Dios está presente en los hermanos, principalmente en los más desprotegidos. Asumir también la construcción del Reino. Se necesita hombres y mujeres que sepan escuchar las enseñanzas de Jesús, llevar su Palabra, su salvación; primero haberla acogido para después darla.

Si hacemos, pensamos y vivimos como “lo hace todo el mundo”, difícilmente se pueda seguir libremente el proyecto del Señor. La persona del Jesús chocaba constantemente con la postura y pensamiento del mundo que lo rodeaba: oponía al egoísmo una entrega generosa; al odio lo cubría con amor; a los marginados él los acercaba.

Seguir perseverando en el camino emprendido luego del llamado. Esto es de persona madura y misionera. Es fundamental una buena catequesis y una vida sacramental más plena. Perseverar y renovar el “sí” al llamado en medio de un mundo que desafía cada vez más la integridad del hombre.


Toda misión se termina