Toda misión se termina...

Pbro. Horacio Varela Roca

Todas las cosas se acaban, todo en el mundo es contingente. Esta palabra hace referencia a la tangente: es aquella línea recta que toca a la circunferencia en un solo punto. La expresión popular dice "toco y me voy". Frente a las dimensiones del Universo, en el cual vivimos y en donde Dios nos lleva a la plenitud de la salvación, nuestras vidas, aún las más largas, parecen apenas un grano de arena en la playa de los seres vivos.

Si pensamos nuestras acciones, tenemos que darnos cuenta que en algún momento se terminarán. Con este criterio, miremos las misiones que emprendemos al servicio de Evangelio. ¿Alguna vez hemos pensado que la misión que hemos iniciado va a terminar inexorablemente? Y si nuestra respuesta es que sí lo hemos hecho, ¿le hemos puesto a nuestra misión algún punto de finalización? Así como los remedios que ayudan a los enfermos tienen «fecha de vencimiento», así también ocurre con todo lo que emprendemos, alguna vez terminará.

El plan de salvación

Dios tiene un plan de salvación para todo lo creado. Así lo expresa el Apóstol San Pablo en muchas enseñanzas de sus cartas, con unas breves fórmulas, muy semejantes: Misterio de Cristo, Misterio del Evangelio, Misterio de Dios, Misterio de su voluntad, Misterio de la fe, Misterio de la piedad, o simplemente el misterio. Por ejemplo, en la Carta a los Romanos (16,25-26).

«¡Gloria a Dios,
que tiene el poder de afianzarlos,
según la Buena Noticia que yo anuncio,
proclamando a Jesucristo,
y revelando un misterio que fue
guardado en secreto desde la eternidad
y que ahora se ha manifestado!
Este es el misterio
que, por medio de los escritos proféticos
y según el designio del Dios eterno,
fue dado a conocer a todas las naciones
para llevarlas a la obediencia de la fe».

El plan de Dios tiene una finalidad, un punto culminante en el cual termina. El Apóstol, en la carta a los Efesios, pone como fin el tema medular de la recapitulación (Cfr. Ef 1,10): en Cristo se "recapitulan" todos los seres, tanto terrestres como celestiales; en El recobran su principio y cabeza.

Suena muy extraño a los oídos de los creyentes una planificación misionera. Parece algo que pertenece a otros ámbitos seculares, pero que no se debiera mezclar con una actividad de fe. Pero estamos llamados a obrar como el Padre, como dice el lema del Año Jubilar que estamos celebrando: "Misericordiosos como el Padre". Si Dios, en su Sabiduría, elaboró un plan de salvación, que tiene un fin determinado, de la misma manera debemos obrar en la misión: con una planificación adecuada, y tenemos que saber que en algún momento tiene que terminar. Y es mejor dar por finalizada la tarea misionera cuando corresponde, y no que entre en decadencia y se acabe en forma lamentable.

Orientación de la Iglesia

El Concilio Vaticano II es la gran luz de la Iglesia en nuestro tiempo. Entre sus documentos, el destinado a la misión, se llama Ad Gentes, como todos sabemos. Todo el documento es una mirada sobre la implementación del plan de salvación que Dios tiene para toda la humanidad.

La misión tiene un fin. Dice Ad Gentes en el número 16: "El fin propio de esta actividad misional es la evangelización e implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos en que todavía no ha arraigado. De suerte que de la semilla de la palabra de Dios crezcan las Iglesias autóctonas particulares en todo el mundo suficientemente organizadas y dotadas de energías propias y de madurez, las cuales, provistas convenientemente de su propia Jerarquía unida al pueblo fiel y de medios connaturales al plano desarrollo de la vida cristiana, aportes su cooperación al bien de toda la Iglesia."

Cuando evangelizamos, ¿pensamos en el fin de la misión, cuándo tiene que terminar? En lo recién citamos hay, por lo menos, tres criterios: organización, energías propias, y madurez. Cuando vemos que la nueva comunidad, la que se formó en el lugar de la evangelización y con los autóctonos, alcanza estos criterios, es el momento de dar por finalizada la misión.

El documento Ad Gentes, en el número 19, se expresa de una manera clara y sencilla: "La obra de implantación de la Iglesia en un determinado grupo de hombres consigue su objetivo determinado cuando la congregación de los fieles, arraigada ya en la vida social y conformada de alguna manera a la cultura del ambiente, disfruta de cierta estabilidad y firmeza; es decir, está provista de cierto número, aunque insuficiente, de sacerdotes nativos, de religiosos y seglares, se ve dotada de los ministerios e instituciones necesarias para vivir, y dilatar la vida del Pueblo de Dios bajo la guía del Obispo propio".

Pensar la planificación misional

Cada vez que hacemos una tarea misional es valioso que tengamos criterios claros que respondan a las cuatro preguntas de toda planificación: ¿Qué es lo que vamos a hacer? ¿Dónde lo vamos a hacer? ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Cuándo lo vamos a hacer? Para encontrar las respuestas hace falta, informarse, pensar en conjunto, meditar y rezar mucho, pues toda misión particular está siempre en manos del Autor del plan de salvación, nuestro Dios.

Tengamos siempre en cuenta que en algún momento la misión terminará. Este final se puede planificar también, no tanto con una fecha determinada, sino con objetivos cumplidos. Es darse cuenta que quienes recibieron el Evangelio ya están maduros en la fe, fuertemente unidos a sociedad en la cual viven, firmes en su cultura, y con consagrados nativos. Y así dejar que ellos den a otros lo que recibieron, entrando en la misión universal de la Iglesia mientras esperamos la Venida de Nuestro Salvador Jesucristo.

Como ejemplo, nos quedan algunas ciudades de Argentina, que empezaron siendo misiones. Los mismos misioneros, una vez que vieron que la comunidad estaba madura, entregaban todo a las autoridades y a los miembros de comunidad misma, para irse a otro lado, o retirarse a los conventos madres. Eran pequeños poblados, y terminaron siendo dignas ciudades, con la gracia de Dios.

Advertencia sobre la planificación

Cuando planificamos, y todo sale según lo decidido, aparece el gran peligro: la vanidad. Creer que han sido nuestras fuerzas y nuestra capacidad de razonar las que hicieron que las cosas terminaran bien. La vanidad, esa sensación que nos acecha en la acción evangelizadora, puede dañar seriamente a nuestro corazón creyente.

Pero no dejemos de planificar por miedo al peligro de la vanidad. Por el contario, pongamos nuestro mayor empeño. Como dice el refrán: "A Dios rogando y con el mazo dando". El mazo es un martillo de madera que se usa para golpear cosas sin romperlas

También está aquella parábola de Jesús sobre el servidor que atiende bien a su señor. Jesús nos dice que cuando hayamos hecho todo lo que nos mandó, digamos: "Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber" (Lucas 17,10).


Toda misión se termina