Parientes de Dios en el mundo

Evangelio, Iglesia y sociedad

Artículo de la revista 'Esquila Misional' nº740 marzo 2017 - Hno. Joel Cruz, mccj

La historia de los pueblos señala que la acción humana, individual y social, no sólo es parte, sino que crea las sociedades en las que viven. En este sentido los cristianos tenemos el «amén», que pronunciamos todos los días, como referente de nuestra acción como seres humanos que tienen a Jesucristo como camino en la sociedad que nos tocó vivir.

El término «amén», tan común en el lenguaje religioso, se deriva de la palabra hebrea 'amm, que tiene una connotación familiar, es decir, implica una conciencia de ser personas unidas con los mismos vínculos de sangre que se mueven en un parentesco para la convivencia interpersonal y social. En concreto, significa pensar nuestras acciones en cualquiera de los ámbitos de la vida humana en beneficio de nuestros familiares.
El «amén» como centro de nuestra fe cristiana nos coloca en el plano del bien común, porque nos conecta con la conciencia de ser hijos de un mismo Padre que quiere que todos tengamos vida en abundancia. Esta fe cristiana que profesamos nos dice que Dios ha puesto su morada entre nosotros y vive con y entre nosotros, por lo mismo nada de lo que hacemos o no, le es desconocido e indiferente.

Parientes del ser humano

Pensar la Iglesia como 'amm genera, en cualquier bautizado que toma en serio su fe, una manera de ser y de actuar en la sociedad que refleja ese sentimiento de ser «pariente del ser humano» y, por lo mismo, incapaz de buscar el mal para él; más bien, hace ver, con hechos y palabras, su preocupación por el bienestar de todos no porque son «necesitados», sino porque son sus hermanos y no puede ignorar su situación.

Decir que somos «parientes de Dios» en la sociedad no puede quedarse como algo abstracto e incomprensible ante los demás, porque las mismas circunstancias sociales que envuelven a las personas exigen discursos y acciones que reflejen el parentesco con ese Creador de quien nos decimos hijos. Algo de parecido con nuestro Padre deben encontrar en nosotros.

Llamados a ser santos

Llamamos «santidad» en lenguaje cristiano al parecido o semejanza que, como bautizados, tenemos con el Padre. De hecho, los «santos» en la historia de la Iglesia han reflejado con su vida, sus opciones y sus obras este parentesco con el Dios que nos reveló Jesucristo.
La autoconciencia de hijo del Creador hace que el bautizado, aunque no pueda explicarlo, actúe buscando la justicia, la paz y la defensa del débil en la sociedad como reflejo del amor que Él siente por el ser humano. Estas son las únicas características que identifican al «pariente de Dios» porque son las propiedades que Él comparte con sus hijos. Si no buscamos esto, difícilmente alguien puede darse cuenta que somos parientes.
Decir «amén» entonces, implica una conciencia de participación del ser de Dios, de su vida: una manera de ser y de vivir como «hermanos santos» en una sociedad donde la mayoría piensa que una «vida religiosa» no tiene nada que ver con las cuestiones sociopolíticas, porque en su concepto religioso, el Padre no se mete en las cuestiones humanas.

Hermanos y santos

Ser «hermano» y «santo» en una sociedad no es algo abstracto o genérico, sino una conciencia de ser alguien distinto al común. Un ciudadano que comulga con el proyecto de ser humano y de sociedad que tiene su Creador, desea realizar dicho proyecto en todas las estructuras sociales donde se encuentra.
La sociedad así como la conocemos y la experimentamos es un conjunto de comunidades relacionadas dentro de realidades mayores que conocemos como regiones, naciones, mundo... cada una tiene sus creencias, sus valores, sus dioses... la conciencia de ser parte de un grupo distinto a las demás porque nuestro Dios no es como otros, nos hace formar una familia que busca la justicia y la paz; que defiende a los débiles y desprotegidos, que aunque no pertenece a Él, no puede abandonarlo, porque Él lo ama.

Realizar el «éxodo»: nuestra misión

Ser la familia de un Dios que quiere liberar a su pueblo de la esclavitud, que no tolera el maltrato sobre los pobres y que no puede hacer oídos sordos a los gritos de los que sufren, nos invita a la misión de ayudar a los oprimidos a realizar el «éxodo»; tarea que implica plantear un horizonte con mejores condiciones de vida para todos.
La experiencia del «éxodo» está ligada con la de la liberación. Esta experiencia que narra y celebra la Biblia, es el primer paso para comenzar el camino hacia la libertad y hacia una nueva identidad: de esclavo a hijo del Padre. Identidad que es la meta que todo bautizado pretende inyectar en la conciencia de todo ser humano para que, junto con Él, puedan generar sociedades nuevas donde reinan la justicia y la paz.
El «amén», entonces, además de generar una conciencia de parentesco con el Creador, nos hace responsables de la liberación de individuos, grupos, comunidades y pueblos que viven en la injusticia, porque los parientes de Dios son un pueblo elegido por Él para este fin.
Cualquier pueblo en situación de esclavitud crece cuando adquiere la capacidad de ver el futuro, es decir, cuando tiene un sueño que se convierte en proyecto realizable. Los parientes de Dios deben ayudar a la gente a elaborar sus proyectos, aunque eso implique ir en contra del 'faraón', porque los hijos sólo obedecen a su Padre.


Parientes de Dios