La misión «ad gentes» es como...

 

P. Anastasio Gil
Director Nacional de las OMP España
www.omp.es

Cualquiera de las páginas bíblicas ofrece una perfecta evocación de la misión ad gentes, que brota de Dios y se expande por el mundo.

Nada hay más elocuente para entender esa expresión, «misión ad gentes», que la narración evangélica. Desde la sencillez de su lectura y la transparencia de su acogida, se llega a comprender que aquella es esencialmente comunión y misión. Querer explicar lo sencillo con un laberinto de palabras termina aburriendo y, sobre todo, desfigurando la nitidez de la verdad. Vamos a ceñimos a tres imágenes.

La misión ad gentes es como el buen pastor. A él le ha encomendado el Señor el cuidado y la cercanía con cada una de las ovejas que integran el rebaño. Las ha recibido de Dios, no son suyas, aunque las conozca por su nombre; por eso las acompaña en su vida y las conduce a los buenos pastos. En ocasiones va delante, abriendo camino para guiarlas; a veces camina entre ellas, manteniendo un diálogo personal con cada una. No faltan momentos en los que se sitúa al final, para atender a las que caminan con mayor dificultad o tienen la tentación de rezagarse. El buen pastor es pieza fundamental para el crecimiento del rebaño. Ese es el misionero que gasta su vida al servicio de esta comunidad que le ha sido entregada, identificándose con ella. Es la caridad pastoral de la que habla Aparecida.

La imagen del sembrador es otra manera de entender la misión ad gentes. El misionero es enviado al campo que es el mundo (cf. Mt 13,38). Ha tomado la semilla, debidamente preparada para ser esparcida. A medida que camina, lanza a volea el puñado de la simiente que gratuitamente ha recibido. No le duele el desprendimiento, ni el desgarro de prescindir de aquellos granos sementeras; más aún, tiene la alegría de que aquello que siembra con largueza se multiplicará en nuevos frutos. Es la imagen de la gratuidad por la que el misionero no se queda con nada, se vacía. Es consciente de que alguno de los granos pueden perderse, pero la mayoría caerán en tierra fecunda y fructificarán para que otros -¡no él!- recojan el fruto. Y aquello que es tan pequeño y sin importancia se transforma en árbol frondoso, donde pueden anidar los pájaros del cielo.

Hay quien imagina, y con razón, que la misión ad gentes es como el mar donde el pescador, sentado en la barca de la vida, otea el horizonte y vislumbra dónde puede encontrar un banco de peces. Sin ruido, identificándose con el oleaje del mar, lanza la malla para que algunos peces se incorporen al grupo de los llamados a formar parte de la comunidad. El misionero, como el pescador, navega en alta mar a merced de las turbulencias, circunstancias hostiles y adversas. Sabe que su trabajo está en no pocas ocasiones sujeto a imprevistos, sorpresas e incluso riesgos. Es la imagen del misionero que vive a la intemperie y apoyado en la Providencia. Dejó un día las seguridades de atender el rebaño perfectamente controlado como buen pastor, incluso la certeza de que sus semillas producirian fruto abundante, para sumergirse en la incertidumbre del abandono.

Ninguna de las tres imágenes se superponen ni se excluyen. Las tres dibujan el atractivo del misionero que, llamado por Dios y enviado por la Iglesia, anuncia el Evangelio en ámbitos diversos donde se dan cita los hombres y las mujeres del mundo.


Misión Ad Gentes