Obra San Pedro Apóstol

«Destinada a que ninguna vocación se pierda...»

Qué es la Obra San Pedro Apóstol

Obra destinada a que ninguna vocación se pierda por no contar con los medios necesarios para su discernimiento y formación.

Naturzaleza de la Obra

FINALIDAD:La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol tiene por objeto contribuir al crecimiento del clero local en los países de misión y ayudar a la formación de los sacerdotes y de las religiosas y religiosos, de forma que ninguna vocación se pierda por falta de medios materiales.

ORÍGENES: El origen de la misma lo encontramos en la iniciativa de dos mujeres seglares, Juana y Estefanía Bigard, en 1888. Quienes, al conocer la obra de los misioneros, se convencieron de que una comunidad cristiana local no puede convertirse plenamente en Iglesia sin un clero autóctono: obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos que dieran valor a la riqueza de las tradiciones locales y predicaran el Evangelio en el ámbito de su misma cultura.

APROBACIÓN: En 1922, fue proclamada y aprobada por la Santa Sede como Obra Pontificia. De esta manera es una institución al servicio del Papa y del Colegio de Obispos. El Papa ejerce su autoridad sobre las Obras Misionales Pontificias a través de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

TAREA: La Obra ha constituido un Fondo Mundial de Solidaridad alimentado por los donativos enviados cada año por las comunidades cristianas de los 120 países en los cuales se lleva a cabo la sensibilización misionera. Participan también a este Fondo las Iglesias de Misión que a su vez son las más beneficiadas por las ayudas que distribuye la Obra.

¿Cómo trabaja la OSPA?

El espíritu es el mismo de las primeras comunidades cristianas: «Vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» ( Hch 2, 45).

  1. Llegan los pedidos al Secretariado Internacional de la OSPA: se clasifica por continentes y países.
  2. Se examinan las solicitudes, si se cumplen todos los requisitos y acerca de la autorización eclesiástica local.
  3. Se redacta una propuesta de asignación de subsidio que será discutida por todos los Directores Nacionales de las OMP en Asamblea General en Roma (mes mayo).
  4. Se aprueba el plan de asignación en dicha Asamblea que será comunicada a los Seminarios vía Nunciatura Apostólica.

¿Cómo se concretan los servicios?

¿Cómo se concreta esta cooperación de sostener las vocaciones?
  1. La concesión de subsidios anuales en favor de Seminarios Mayores, Propedéuticos y Menores de los países de misión.
  2. La asistencia económica a los novicios y novicias del primer año de vida religiosa.
  3. La construcción, ampliación y reestructuración de los mismos Seminarios.
  4. Contribución al crecimiento del clero local en los países de misión y ayudar a la formación de los sacerdotes y de las religiosas y religiosos.

Este Fondo expresa la catolicidad y la comunión eclesial. La Obra se preocupa de las necesidades de todas las Iglesias de Misión.

Una revolución a favor de las vocaciones

La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, nacida en 1889 de las manos entregadas de Juana Bigard (1859-1934) y su madre, Estefanía Cottin de Bigard (1834-1903), constituye una propuesta tan innovadora que viene a ocasionar toda una revolución mental y de criterios en el seno de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo y, por qué no, también del nuestro. Su idea, en apariencia, tan sencilla como inofensiva: garantizar la formación de los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada en los territorios de misión, para que ninguna vocación se pierda y, al mismo tiempo, se logre una más eficaz universalización de la evangelización.

En la Francia de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, salida del vendaval revolucionario y del sectarismo napoleónico, no se veía, sin embargo, con buenos ojos dedicar el mínimo esfuerzo, ni un insignificante céntimo, al sostén y formación de unos jóvenes llamados al sacerdocio o a la vida consagrada en las lejanas misiones: bien por el hecho de considerarlos indignos de condición tan sublime; bien por el egoísmo de estimar prioritaria, por no decir exclusiva, la atención de las necesidades pastorales propias y más cercanas; bien por el peligro que suponía para los poderes políticos y económicos de la época la formación de cualquier tipo de liderazgo indígena que pudiese amenazar sus acaparadores intereses... Hoy, en pleno siglo XXI, la situación, aunque distinta, no ha cambiado tanto en lo sustancial. Se sigue desconfiando del «otro», cuando no despreciándole, por extraño, por distinto,por pobre, en definitiva, por desconocimiento; se le sigue negando cualquier apoyo o ayuda por egoísmo, porque «vienen a quitarnos los puestos de trabajo». Y si las metrópolis europeas del XIX se sentían brillantes y superiores aprovechándose del vergonzante expolio al que sometían a sus colonias, en nuestros días el llamado mundo desarrollado continúa robando los recursos de unos muchos para el mantenimiento del supuesto y caro bienestar de unos pocos.

Instrumento contra la intolerancia_

Frente a estas actitudes, la Obra de San Pedro Apóstol se alza para protestar contra estos anticristianos comportamientos que, como se atrevió a denunciar su fundadora, Juana Bigard, «rayan con la herejía». Y recuerda que la voz de Dios no es «de una sola tribu, sino de todas las tribus, de todos los pueblos, de todas las razas», y que la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada ha de ser católica y universal «como católica y universal es la Iglesia». Y no se queda en la denuncia, sino que apuesta claramente por esa persona de lejanas tierras, de cultura exótica, que carece de medios, que huele la miseria y paladea el hambre, pero que, quizá por ello, quizá porque la cercanía a esa injusticia le hace más consciente de ella, quiere hacer realidad su vocación para servir desde el Evangelio a la causa de un mundo más acorde al proyecto de Dios.
Y lejos de despreciarle, opta claramente por él y le considera imprescindible. Lo primero y fundamental, porque todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios y se ha de reconocer y valorar su dignidad. Segundo, porque ningún pueblo que no haya sido capaz de establecer una Iglesia que no cuente con sus obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y catequistas nativos puede decir que la evangelización ha arraigado y fructificado plenamente en él. Tercero, porque nada mejor para que el Evangelio empape las ricas culturas de estos pueblos, que el que sea anunciado por hijos nacidos en su seno, conocedores de sus costumbres, lenguas y tradiciones, de sus valores morales y éticos; que crecen, sienten y sufren como ellos. Nadie mejor, tampoco, que estos jóvenes nativos para que la Iglesia se enriquezca con las aportaciones de sus culturas, muchas de ellas milenarias, algunas de excepcional valía y todas importantes. Estamos ante el reconocimiento de los bienes y recursos que la pluralidad cultural puede y debe aportar a la vida de la comunidad universal de los seguidores de Jesús; todo un caudal de intercambio y cooperación entre las Iglesias.
La Obra de San Pedro Apóstol es, en este sentido, un innovador y adelantado instrumento contra la intolerancia y el racismo, una gran apuesta por la convivencialidad y el interculturalismo, y una destacada promotora de los procesos de inculturación del Evangelio.

Pionera ante la necesidad_

No es la única ocasión en la que esta Obra, imbuida del carácter de sus fundadoras, vino a dar el primer paso y acudir solícita a las urgencias. En el siglo XVII el beato Inocencio XI ya advertía que quería «más la ordenación de un sacerdote indígena que la conversión de 50.000 cristianos». En el XVIII, Pío VI pedía a los obispos misioneros del Extremo Oriente que considerasen el establecimientde seminarios como su primer deber. Y ya en tiempos de Juana Bigard, León XIII se desvivía por que los católicos comprendiesen y se convenciesen, sobre todo, de que el mejor uso que podían hacer de su dinero era donarlo para el clero nativo de las misiones. Pero sus llamamientos cayeron en 'saco roto'. De hecho, cuando Juana Bigard, respaldada maravillosamente por su madre, Estefanía, se decide en 1889 a extender los «estatutos» de la Obra Misional de San Pedro Apóstol a favor del Clero Nativo de las misiones, solo este par de mujeres seglares, unos cuantos obispos de las misiones y unos contados misioneros habían respondido a los requerimientos papales y apoyado con todas sus fuerzas esta urgente necesidad de indigenización de las nuevas Iglesias. Es más, si hoy es posible la alegría y la esperanza de la Iglesia en las numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada que se dan en la geografía misionera, se debe en parte más que decisiva a esta joven mujer, que, junto a su madre, consagró su inteligencia, sus energías, su pluma, su palabra, todos sus haberes económicos, todo su corazón y hasta su salud -acabó su vida recluida en un sanatorio mental-, a convencer a la comunidad católica de su tiempo de la urgencia de dotar de sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos nativos a todas las Iglesias de nueva fundación. Y no es un decir.
Juana Bigard realizó una labor silenciosa y tenaz en la que tuvo que luchar contra mil prejuicios e impedimentos, con un temple de espíritu realmente heroico. Encontró el rechazo de su propio obispo, que no entendía por qué había que ayudar a las Iglesias lejanas cuando eran tantas las necesidades de la Iglesia francesa; de los industriales y políticos de su tiempo, que veían en su iniciativa un peligro para los intereses de la metrópoli; y de sus familiares, que mostraban su malestar al quedarse sin herencia porque Juana y su madre se había desprendido de todos sus bienes, hasta vivir de la manera más modesta posible, para ponerlos al servicio de las vocaciones nativas en las misiones. Y no quedó ahí la cosa: el Gobierno francés trató de confiscar sus posesiones, y sus familiares la llevaron en diferentes ocasiones ante los tribunales de Justicia. Tanto rechazo, tanta persecución llevaron a Juana a expatriarse y a trasladar su domicilio a Suiza, ligera de equipaje, sin ningún tipo de ataduras.
La Obra Pontificia de Pedro Apóstol se apropia de este sentido de pobreza que enriquece, de este desprendimiento que libera y que exibieron tan ejemplarte sus fundadoras. Su objetivo es consagrar todos sus bienes, todas sus energías, toda su actividad a la propagación del Evangelio por medio del sostenimiento de seminarios y juniorados para la formación de sacerdotes y vocaciones a la vida religiosa en los territorios de misión. Y lo hace -así lo aprendió de quien le dio vida- con entregada tozudez y desprendimiento total; ese que también conocen los misioneros y que les libera para afrontar todo género de problemas, para prestar toda clase de servicios y comprometerse más radicalmente por la causa del Reino de Dios. Es el «egoísmo misionero», que experimenta que «hay más dicha en dar que en recibir", que todo lo que no se entrega se pierde y que todos salimos beneficiados de la abundante cosecha: los pobres nos evangelizan y las vocaciones nativas extienden el anuncio de Cristo entre sus pueblos, colaborando del modo más eficaz a la evangelización mundial.

La 'ONU' de la Iglesia_

La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol se convierte, de este modo, en la 'ONU' de la Iglesia. Si este organismo internacional tiene entre sus fines el garantizar el respeto de los derechos humanos, el promover la paz y la sequridad entre las naciones; si busca el desarrollo económico y social y la atención de los asuntos humanitarios con el mayor compromiso posible por parte de los países que integran el planeta, la Obra fundada por Juana Bigard busca la formación de las vocaciones al sacerdocío y a la vida consagrada en los territoíos de misión, consciente de la necesidad que hay de extender la causa del Evangelio por todos los confines de la Tierra, pero especialmente en los países donde brotan estas vocaciones, ensangrentados por guerras, diezmados por el hambre y la enferrnedad, pobres entre los empobrecidos, dominados por la corrupción y la explotación, sometidos por la injusticia y la represión, divididos por vergonzosas e injustificables desigualdades... Son pueblos y gentes que necesítan de buenas dosis evangélicas de justicia, libertad, cooperación, amor y capacidad de perdón. Y quién mejor para ofrecérselas que aquellos que han nacido y crecido a su lado, que han sufrido y sufren junto a ellos desde que vieron los primeros rayos de luz de su existencia.
Así, estas jóvenes Iglesias también están dispuestas a lanzarse a la aventura de la evangelización ad gentes, a darse a los demás desde su precariedad, en un acto de generosidad suprema que les abre las puertas a la misión en otras Iglesias y ámbitos igual o más necesitados. Y de paso, nos recordarán la frescura y vitalidad del Evangelio a nosotros, que, triste es decirlo, tanta responsabilidad hemos tenido en la inhumana realidad que atraviesan sus pueblos.

«Madre» y «mendiga»_

Del mismo modo que Juana Bigard, la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol quiere ser «madre» de las vocaciones que surgen en los territorios de misión. Cueste lo que cueste, no está dispuesta a que ninguna de estas abundantes llamadas al sacerdocio o a la vida consagrada que se están produciendo en las jóvenes Iglesias se pierda. Para lograrlo no le importa, si es necesario, convertirse en «mendiga» e iniciar una larga caminata, puerta a puerta, tratando de interesar a los católicos sobre la urgente necesidad de abrir seminarios y centros de formación en todos los lugares de misión. Es una cuestión de responsabilidad y comunión eclesial.
Se necesitan, efectivamente, recursos económicos que lleguen a garantizar espacios adecuados donde los jóvenes puedan formarse y discernir su vocación, profesores bien preparados, materiales de enseñanza... Pero que nadie se confunda: nada más alejado del carisma de esta Obra que pensar en reducirla a una mera iniciativa económica de beneficencia. Es fundamental mendigar también oración, esa que ayuda a escuchar la llamada de Dios al sacerdocio o a la vida consagrada, así como a oír el clamor de quien la ha recibido y necesita de nuestra ayuda; esa oración que renueve la conciencia para que no olvidemos que se nos pedirán cuentas de la atención y ayuda prestadas a estasvocacíones tan necesarias para el futuro de la Iglesia y la extensión de la causa del Evangelio.
Por algo, pocos años después de llevar esta Obra a la dignidad de «Pontificia» (en 1922), Pío XI nombrará el 29 de julio de 1925 a Santa Teresa del Niño Jesús su patrona celestial, para que, al igual que la santa y la propia Juana Bigard, otros ofrezcan sus sufrirmientos y oraciones a favor de tantas vocaciones nacidas en el seno de las jóvenes Iglesias.

La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol es el altavoz que propaga el clamor de quien se ha sentido llamado por Dios al sacerdocio o a la vida consagrada y reclama nuestra atención; es la aldaba que resuena en el interior de la comunidad católica para que esta abra sus corazones, manos y bolsillos a la causa de las vocaciones nativas. Que nadie sedesentienda de este servicio, que es riqueza para todos.

«Una misión con carisma» - OMP España


Colabora con la OSPA en las modalidades de ayuda espiritual y material al servicio de la Iglesia en zonas de misión


Para quienes deseen colaborar con la Obra

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Finalidad de la Obra San Pedro Apóstol

Obra San Pedro Apóstol
Todos los bautizados están llamados a colaborar en la misión universal de la Iglesia, ya que la Obra se dirige a todo el Pueblo de Dios. Y la contribución económica, según las posibilidades de cada uno, no es menos importante.

Anima y coordina la colaboración misionera en todas las Iglesias locales, por medio del ofrecimiento de la oración, de sacrificios y de dinero, para apoyar la formación de los futuros sacerdotes, religiosos y religiosas de las Iglesias jóvenes, y la necesaria preparación de sus formadores.

La Obra recoge y distribuye ayudas económicas para apoyar a los seminarios y las casas de formación de los jóvenes religiosos, en colaboración con las comunidades cristianas locales y bajo la guía de sus pastores.

La colaboración económica de la Obra de San Pedro Apóstol se realiza por medio de subsidios ordinarios para el mantenimiento de los seminaristas, novicios y novicias; a la vez, hay subsidios extraordinarios para la construcción de nuevos seminarios y para proyectos de autofinanciación de los ya existentes. También se reciben becas e intenciones de misa para apoyar a los formadores y sus programas de estudio.

La Obra es fruto de la pasión misionera de Jeanne Bigard y su madre Stephanie, que a finales del siglo XIX, en Francia, pusieron las bases de la Obra, llamando la atención de toda la Iglesia sobre el importante rol del clero local en las misiones y promoviendo el sustento espiritual y material.

Nacida como una iniciativa particular inspirada en el Espíritu Santo, la Obra se extendió rápidamente con el apoyo de la Santa Sede, que después le dio el carácter de Pontificia el día 3 de mayo de 1922, con el fin de garantizarle una mayor eficacia y carácter universal.

El testimonio de una vida evangélicamente inspirada, el ofrecimiento de sacrificios, la oración cotidiana y el compromiso concreto, incluso en el ámbito de la propia comunidad, para la promoción de nuevas vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y misionera, son, sin duda, la manera principal por medio de la cual se expresa la fuerza de la Obra.

Todos los bautizados están llamados a colaborar en la misión universal de la Iglesia, ya que la Obra se dirige a todo el Pueblo de Dios. Y la contribución económica, según las posibilidades de cada uno, no es menos importante.

En el 4º Domingo de Pascua, celebrando a Jesús, Buen Pastor, rezamos para que el mismo Dios suscite el Espíritu misionero en los llamados a servir.


Oración

Te rogamos por nuestros
hermanos y hermanas
que han respondido sí
a tu llamada al
sacerdocio,
a la vida consagrada
y a la misión.

Haz que sus existencias
se renueven de día en día,
y se hagan evangelios vivientes.

¡Señor misericordioso y santo, sigue enviando nuevos operarios
a la mies de tu Reino!

Ayuda a los que has llamado a seguirte en este tiempo nuestro;
haz que contemplando tu rostro,
respondan con alegría
a la maravillosa misión
que les has confiado
por el bien de tu Pueblo
y el de todos los pueblos.

Por Jesucristo nuestro Señor.

S.S. Benedicto XVI