Pontificia Unión Misional

«Animadores y formadores de la conciencia misionera de las iglesias locales»

No existe formación cristiana auténtica y completa sin una educación al Sentido de la Misión que sea tan fuerte que impregne toda la vida" (Pío XI).

Por esto es necesario poseer:
una Mística Apostólica, es decir, un corazón ardiente y apasionado por la más hermosa de las Causas, la venida del Reino, y un alma de Apóstol en tensión por la salvación del mundo entero.
una Técnica Apostólica, es decir, una organización metódica de la Cooperación en la acción misionera, basada sobre la información amplia y precisa de los diferentes problemas de la Misión de la Iglesia, sobre una sólida doctrina misionera y sobre la enseñanza de los Sumos Pontífices.

«Me dirijo a ustedes como animadores y formadores de la conciencia misionera de las Iglesias locales: con paciente perseverancia, promueven la corresponsabilidad misioenera.
Hacen mucha falta sacerdotes, consagrados y laicos que aferrados por el amor de Cristo, estén marcados por el fuego de la pasión por el Reino de Dios y disponibles a encaminarse por la senda de la evangelización» (Papa Francisco)

¿Qué es la PUM?

La Pontificia Unión Misional es una de las 4 Obras que conforman las Obras Misionales Pontificias. Fue fundada por el Beato P. Paolo Manna y aprobada por el Papa Benedicto XV el 31 de octubre de 1916

El Decreto Ad Gentes del Concilio Vaticano II recuerda que la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. Quienes tienen la responsablidad de animar misioneramente a las comunidades que son los que están al frente de ellas, los que las conducen en su servicio pastoral. Por eso la PUM tiene como tarea la formación y animación misionera de los sacerdotes, miembros de los institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, de los laicos y consagrados, de los seminaristas y aspirantes a la vida religiosa en todas sus formas, así como de todos los que de algún modo están implicados en el ministerio pastoral de la Iglesia.

La PUM se dirige a todos los que son llammados a trabajar para que el Pueblo de Dios esté impregnado de espíritu misionero y de fuerte sensibilidad hacia la cooperación misionera. De la vitalidad de la PUM depende en gran parte el buen resultado de las otras OMP: es como el «alma de las demás Obras Misionales Pontificias»

Paolo Manna:

Misionero de la esperanza - Animador de un gran movimiento misionero

Hablar del Beato Paolo Manna es referimos a alguien que vivió con el sueño, con la esperanza de que toda la Iglesia fuera misionera. El lema que tenía era: «Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo». Su objetivo: poner a la Iglesia entera, y de un modo especial a Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, en estado de misión, en cumplimiento al mandato misionero de Cristo: «Vayan por todo el mundo».

El Beato Paolo Manna nació en Avellino, Italia, el 16 de enero de 1872. Entró en 1891, a la edad de 19 años, en el Instituto de Misiones Extranjeras de Milán. Ordenado Sacerdote en 1894, fue enviado a Birmania oriental.

Esta primera misión duró 12 años (1895-1907), de los que pasó en Asia solamente ocho, a causa de su frágil salud que le obligó a volver tres veces a Italia y a quedarse allí definitivamente. Este fue el comienzo de su segunda misión.

Ante la enfermedad que tenía «en lugar de convertirse en un misionero frustrado que quiere ser útil en su país, fue elegido por la Providencia para ser el animador de un gran movimiento misionero. Se entregó a él en cuerpo y alma para alentar a los creyentes a ocuparse de la evangelización de los increyentes» (Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes).

La figura de este gran hombre fundador de la Pontificia Unión Misional en 1916 y que en 1937 recibe el título oficial de Obra Pontificia está resumida en unas palabras sacadas del Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes: «Fue un hombre cuyo temperamento de fuego quería cumplir la exclamación de San Pablo: 'Que Él reine' (1 ea 15,25). Persuadido de que la salvación de las almas es la ley suprema y que toda la Iglesia tiene que comprometerse en el servicio de todos los hombres, el P. Manna fue, con su palabra y con sus actos, uno de los grandes instigadores de la renovación misionera de los tiempos modernos».

Con el firme deseo de realizar el mandato de Cristo insistía en la necesidad de que se unieran todos los Sacerdotes con vistas a la cooperación misionera. Su expresión fue «Sacerdotes unámonos ... Llegó el momento de organizarnos en Unión Misional y de poner el dinamismo de nuestro sacerdocio al servicio de la gran obra de la evangelización».

El significado del Sentido de la misión

Tener el sentido de la Misión, es ser sensible a todo lo que se refiere al desarrollo del Reino de Dios en el mundo entero, y cooperar eficazmente, según las propias posibilidades, al crecimiento de la Iglesia universal.

Tener sentido de la Misión, es tener sentido de la Iglesia, y tener conciencia de las necesidades de la Iglesia presente en toda la tierra.

Tener sentido de la Misión, es dar a la Fe, a la Esperanza y a la Caridad una dimensión misionera universal.

Tener sentido de la Misión, es reflexionar de modo misionero y adquirir la dimensión misionera de toda la verdad revelada y de todos los acontecimientos del mundo.

Tener sentido de la Misión, es desarrollar en sí mismo el sentido de la caridad y de la fraternidad universal.

Tener sentido de la Misión, es sentirse, en cuanto bautizados y confirmados, solidarios, dependientes los unos de los otros y responsables de todos nuestros hermanos del mundo.

Tener sentido de la Misión, es procurar conocer mejor las riquezas de los otros, cercanos y lejanos, para comprenderles mejos, amarles mejor y para crear así, entre ellos y nosotros, un movimiento de intercambio.

Tener sentido de la Misión, es sentir angustia por la salvación de los que no se encuentran todavía en la barca, principalmente, aquellos más pobres y desheredados.

Tener sentido de la Misión, es abrirse a todas las miserias humanas y querer el bien de todos los hombres, sin excepción.

Tener sentido de la Misión, es ir a buscar a los otros, realizando así una práctica de conocimiento social e internacional.

Tener sentido de la Misión, es saber que, por medio de la conducta católica en el propio ambiente, se contribuye al mismo tiempo a la difusión de la Iglesia en el mundo.

Tener sentido de la Misión, es tener, sobre todo, el hábito de ofrecer oraciones, sacrificios y Santas Misas en favor de "la salvación del mundo".

Tener sentido de la Misión, no debe ser la especialidad de algunas personas apasionadas de "misionología", sino la aspiración permanente de todos los bautizados y, por eso, de todos los jóvenes cristianos.

Tener sentido de la Misión, no es, pues, cumplir un deber facultativo y fruto de la propia generosidad, sino una "grave obligación" (Pío XI) que es parte integrante de toda la vida católica.