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LA CRUZ: La Cruz representa el amor de Cristo entregado hasta el extremo: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" (Jn. 15,13; cf. 13,1).

Amor que brota del Padre para la salvación del mundo entero: "Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna" (Jn. 3,16). De este amor surge la atracción misionera: "Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn. 12,32).

El lienzo colgado en la Cruz es el símbolo de la resurrección: "Si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes" (1 Cor. 15,14). La misión de Cristo es Vida para todos: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn. 10,10). La resurrección de Jesús manifiesta esa Vida plena que ha venido a traer como don para toda la humanidad.

La Muerte y Resurrección de Jesús es el misterio central de nuestra fe y es el misterio que debemos anunciar (Kerygma) a todo el mundo, continuando así con la primera predicación apostólica (Hch. 2,14-36).

LIENZO: El lienzo tiene forma de paloma, una de las simbologías de la persona del Espíritu Santo en la Palabra de Dios (cf. Mc. 1,10). Además, las orlas del lienzo manifiestan la presencia del viento, símbolo también del Espíritu Santo (cf. Ez. 37,9; Jn. 20,22; Hch. 2,2).

En la actividad misionera de la Iglesia se confiesa la primacía de la gracia: así como un barco a velas si no hay viento no avanza, así, sin el Espíritu de Dios que sople, no hay tarea misionera que sea posible. Es que "la misión de la Iglesia, al igual que la de Jesús, es obra de Dios o, como dice a menudo Lucas, obra del Espíritu" (RMi. 24).

LA LLAMA DE FUEGO: Es el ardor misionero que suscita en los corazones el Espíritu Santo, que en Pentecostés se derrama como fuego (Hch. 2, 1-11). Es ese ardor el que hace que la Iglesia salga por todas partes a anunciar el Evangelio, respondiendo al mandato del Señor: "Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos" (Mt. 28,19). Por eso la llama tiene los colores de los continentes (Verde: África; Amarillo: Asia; Blanco: Europa; Azul: Oceanía; Rojo: América). Las Obras Misionales Pontificias están para colaborar con el Espíritu Santo para que ese ardor no se extinga nunca y se de a conocer a todo el mundo la Buena Noticia.

LA ESTRELLA: simboliza a nuestra Madre la Virgen María, " Reina de las Misiones". Ella es la que intercede constantemente para que el Espíritu Santo nos impulse a la misión: "En la mañana de Pentecostés ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la evangelización siempre renovada" (EN 81).

LA BARCA Y LA RED: La barca y la red son símbolos que aparecen en el "Anillo del Pescador" usado por el Papa como sucesor del apóstol S. Pedro, el primer Papa. Expresiones de aquel pescador que, creyendo en la Palabra de Jesús, echo su red fuera de la barca y pescó milagrosamente una gran cantidad de peces (Lc. 5, 1-11), símbolo de la misión que el Señor resucitado ha encomendado no solamente al Papa sino a cada uno de los cristiano. La Iglesia es el instrumento escogido por Dios para anunciar la Buena Noticia (cf. Lc. 5,1-3; Mt. 16,13-19). Guiada por el Papa y el Colegio Episcopal está llamada a continuar el anuncio a todos los hombres en todo tiempo y lugar. Esa es su misión: "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (EN 14).

La red lanzada hacia fuera de la barca también expresa el movimiento de salida de la Iglesia al que nos invita fuertemente el Documento de Aparecida: "¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de "sentido", de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos, en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en la Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros…" (548). Este movimiento de salida se expresa plenamente en la misión ad gentes: "Como discípulos misioneros, queremos que el influjo de Cristo llegue hasta los confines de la tierra…" (374). "Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir "a la otra orilla", aquella en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente" (376).

La red tirada a la derecha de la barca, en obediencia a las Palabras del Maestro (cf. Jn. 21,6; Lc. 5,5), nos recuerda que la misión será fecunda sólo cuando brote de discípulos unidos profundamente al Señor y su voluntad; unión que se realiza en la escucha de la Palabra, la participación de la Eucaristía y en las obras de amor (cf. Jn. 15,5).

Son dos las personas unidas en el trabajo de la pesca, para simbolizar la importancia de la unidad en la tarea misionera: "Que todos sean uno: como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste" (Jn. 17,21). Esta unidad nos recuerda que las Obras Misionales Pontificias tienen entre sus finalidades principales la cooperación misionera, cooperación que estará especialmente orientada hacia la misión "ad gentes".

Estas dos personas son de distintos colores. La Obras Misionales Pontificias animan para que cada cristiano desde su lugar, vocación y carisma, pueda ponerse al servicio de la evangelización.

LOS CUATRO TORRENTES DE AGUA: Los torrentes simbolizan las Cuatro Obras Misionales Pontificias (Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Infancia y Adolescencia Misionera y la Unión Misional) que, cooperando con la gracia impulsan hacia delante a la Iglesia en la tarea misionera. Si bien cada Obra es diferente, todas ellas se articulan en unidad y armonía para llevar a cabo la misión de la Iglesia.

Las cuatro Obras Misionales animan al Pueblo de Dios en todos sus sectores: las familias, las parroquias, las diócesis, los movimientos, las asociaciones, los niños, los jóvenes, los enfermos, los ancianos, los consagrados, etc. Es dentro de este impulso misionero que abarca a toda la Iglesia donde las Obras Misionales Pontificias cumplen su objetivo de animación, promoción y cooperación misionera "para la conversión de todo el mundo" (cf. RMi. 84).