Agosto: Mes de la Infancia y Adolescencia Misionera

Queremos llegar a los niños y adolescentes de la IAM en Argentina con un mensaje de esperanza y a la vez para que tomen un compromiso.

los más chicos debemos enseñarles a rezar, a comprometerlos por el bien común, a que ayuden a otros niños, que es el lema y la función de la Obra.

A este compromiso espiritual se le suma la colaboración económica.

Vemos con alegría el crecimiento en muchas comunidades y diócesis del aporte en la alcancía misionera. Un esfuerzo que es de todos, comenzando por la familia y transmitiendo estos valores a los más chicos y haciendo ver al adolescente que la vida tiene sentido cuando se comparte y se ayuda.

No dejemos de lado la formación e inculcar el espíritu misionero en los que heredarán nuestras enseñanzas y testimonio. El mes de agosto debe ser celebrativo en toda la Iglesia que promueve el impulso misionero en los niños y animadores. Son 174 años de una Obra que surgió de la oración de un obispo en Francia y se propagó por todos los rincones del mundo.

Semillero de vocaciones misioneras

La Obra Pontificia de la Infancia Misionera es, por tanto, un semillero de vocaciones misioneras. Qué mejor lugar para que surjan vocaciones a la misión ad gentes que aquel en el que, desde pequeños, se aprende cuanto de bueno hay en un Evangelio que encuentra en la entrega al prójimo más necesitado la mejor opción para alcanzar una vida plena, que muestra la riqueza del desprendimiento, que enseña a denunciar la injusticia con el fin de que se respete la dignidad de toda persona, que ofrece diálogo para entenderse, que piensa en el otro como amigo y que tiene como fin último el de construir el mundo de paz que Dios nos propone. Qué mejor lugar para que surjan nuevos misioneros que aquel en el que los niños aprenden a respetar y amar a otros niños de lugares lejanos y culturas diferentes y en el que llegan a sentir a estos como miembros de una misma familia humana, en la que Jesús es el hermano y amigo, y Dios, el Padre de todos. Qué mejor escuela para la educación misionera.

De hecho, son muchas, sin duda, las vocaciones misioneras surgidas al calor de la Infancia Misionera; son numerosas también las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada que esta Obra ha suscitado tanto en los países de vieja cristiandad, como en las jóvenes Iglesias. (Hasta tal punto es cierta esta afirmación que en el año 1919, cuando la Obra de San Pedro Apóstol parecía languidecer apenas recién nacida, la Santa Sede, por boca de su secretario de Estado, monseñor Gasparri, llegó a sugerir a los responsables de la Infancia Misionera que extendieran su generosidad a los seminarios y seminaristas de los territorios de misión). Son también abundantes los hombres y mujeres que, sin llegar a sentir la llamada vocacional misionera específica, han aprendido, gracias a esta Obra, a hacer de la fraternidad y la solidaridad evangélica y universal los principios fundamentales de unas vidas dispuestas a superar barreras, vencer obstáculos y tender puentes por sus hermanos más olvidados y necesitados.

El milagro de los niños

«Apartate, que solo eres un niño», «Déjame, que eres muy pequeño todavía», «Renacuajo, que no puedes». En nuestra vida cotidiana hay miles de expresiones y de ocasiones en las que los niños son ignorados, devaluados o despreciados, simplemente, porque su pequeñez nos hace verlos poco útiles o necesarios, cuando no son considerados meros estorbos.

Salvo para luchar -ahí está la desgraciada realidad de los niños soldado- o para ser explotados, cuesta que un dirigente político, económico o social piense en recurrir a los niños y niñas para solventar algún problema que se le presente a una colectividad o a una nación.

No fue este, gracias a Dios, el pensamiento del obispo francés monseñor Forbin-Janson (1785-1844), cuando -tras un encuentro que tuvo en Londres con la fundadora de otra Obra Pontificia, la de la Propagación de la Fe, Paulina Jaricot- puso en marcha en 1843 la hoy conocida como Obra de la Infancia Misionera, encumbrada a la condición de Pontificia por Pío XI en 1922. Una asociación misionera nacida con el propósito de proporcionar asistencia material y espiritual a los niños de toda la Tierra; una organización mundial que trata de llevar el conocimiento de Jesús y de su mensaje de salvación a las nuevas generaciones de hombres y mujeres que lo desconocen.

Se oían por aquel entonces las llamadas de necesidad de millones de niños del lejano Oriente, se sabía de sus muertes atroces, como hoy se escuchan las de aquellos pequeños que pasan hambre, padecen enfermedades de fácil curación pero que a ellos les llevan a la tumba, se ven obligados a matar o son explotados sexual o laboralmente ... Todo un clamor que, a pesar de su magnitud, resulta difícil de escuchar y, más aún, de solucionar en el opulento Occidente. ¿A quién recurrir para aliviar tanto drama? Ni en aquel siglo XIX francés, ni en el presente mundial -de no ser porque esta Obra ya existe-, se hubiese pensado en acudir a los mismos niños para que, con sus oraciones y sus pequeños ahorros, ayudasen a otros niños de lejanas tierras, totalmente desconocidos, pero más necesitados que ellos. Y así se obró el «primer milagro» de la Infancia Misionera. Una iniciativa humilde y pequeña por quienes la hacen posible -niños y niñas-, pero poderosa -son los hombres del mañana, el mejor lugar donde sembrar la semilla liberadora y solidaria del Evangelio- y digna de admirar, porque encuentra en los niños la respuesta que no han sabido dar sus mayores. ¡Qué grande eres, pequeño!

Sin duda, el gran mérito de la Infancia Misionera ha sido darles a los niños un papel protagonista y activo en el servicio misionero. No es nada que venga impuesto por los adultos, sino algo que surge en el interior del propio niño y que acaba contagiando de espíritu misionero a su propia familia, a sus amigos, a la escuela, a la parroquia ...